¡¡¡Perdí mi pasaporte!!!

Actualizado: 14 de feb de 2019




Me llamo Lupita y soy de México.


El año pasado me fui como Au Pair a Holanda, de septiembre a julio. Viví experiencias de todo tipo y esta que contaré es sin duda una de las más locas y que por supuesto no me gustaría volver a repetir.


La escribo porque sé que no soy la única y así como a mí y a mis amigas nos pasó puede que les suceda al viajar, y no solo como Au Pairs. Son situaciones que se pueden dar cuando

menos te lo esperes y creo que debemos estar preparados.


Bueno, dos amigas y yo nos fuimos de fin de semana a París. Todo pintaba a que sería una

hermosa experiencia que nunca olvidaríamos y efectivamente así fue, aunque no fue tan hermosa como lo esperábamos. Resulta que a nuestro regreso en autobús de París a Ámsterdam el bus paró en una estación de servicio, cosa que nadie sabía porque el viaje era directo y sin paradas. El hecho es que como era de esperarse, toda la gente, nosotras incluidas, bajamos para poder comprar agua, jugos y uno que otro refrigerio para el camino. Todo el mundo bajó y nuestro error por andar a prisas fue que nos bajamos con lo necesario y dejamos todas nuestras pertenencias en el bus: pasaporte, tarjetas, identificaciones, efectivo, ropa etc.


Bueno, pues resulta que al parecer mis amigas, una persona más y yo nos demoramos más de diez minutos ¡y el bus nos dejó!

Ahí, en una estación de servicio a unos 7 kilómetros de Lille en Francia, sin dinero, sin abrigos, sin identificaciones y yo sin mi celular. Llamamos a la línea de autobuses, a la policía, incluso al chofer y nadie nos resolvía nada, ni siquiera nos daban la seguridad de guardar nuestras cosas en Lost &Found.


Como pudimos, después de diez horas de discutir con la policía migratoria en Francia, con los soldados y policías, esperamos en la parada de autobuses de la misma línea para ver si algún chofer con alma caritativa nos querría llevar a nuestro destino gratuitamente y así fue.


No tardamos mucho en encontrarlo y él con gusto aceptó. Llegamos a nuestras respectivas casas a la mañana siguiente, asustadas y tranquilas a la vez, con muchas emociones y sentimientos y con la aún preocupación de nuestros documentos perdidos.


Yo jamás recuperé una sola cosa de mi mochila, ni siquiera la mochila misma, a diferencia de mis compañeras.

Afortunadamente la embajada de México pudo hacerme un nuevo pasaporte por el que por supuesto tuve que pagar sesenta euros.


Mucha gente me regañó por “confiada”, por “descuidada” y no sé qué cosas más. Lo que no saben es que yo nunca suelto mi riñonera donde traía todo eso, pero justo me había lastimado y decidí meterla a mi mochila. Por las prisas y por miedo a no tener tiempo de comprar algo para comer en el camino lo olvidé en un segundo y esas fueron las consecuencias.


Ahora, lejos de los sucesos, creo que definitivamente era algo que tenía que pasar. Estoy segura que no es la primera vez que el chofer del autobús hacía eso para quedarse con las pertenecías de algún pasajero y esa vez me tocó a mí.


Ahora supongo que soy un poco más cuidadosa y comparto esta experiencia con

ustedes para que no den por hecho que en el “primer mundo” todos son una blanca palomita.


Quizá es mejor seguir con ese escudo que como latinoamericanas tenemos: desconfiar, hacer preguntas y todo lo que se les ocurra con tal de estar tranquilas. Personas que se aprovechan existen en todas partes sin importar su nacionalidad o condición social.


Mi único consejo sería que hagan amigas que forjen lazos de amistad tan grandes que te ayuden a salir de situaciones en las que no puedas sola y que disfruten de todo con todo, sin importar lo bueno o malo de las cosas.

De todo se aprende y eso es lo que nos quedará para el camino que aun nos queda por recorrer.



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